Del DC-3 se han escrito infinidad de libros, artículos y películas elogiando las características y hazañas de tan legendaria aeronave que, aún hoy en día, ha sobrevivido no sólo a sus contemporáneos, sino a muchos otros bimotores que aparecieron en la postguerra y también a la propia Douglas con sus Douglas Dc-5, y Súper Dc-3, enfrentándose a la más difícil prueba de superar; la barrera del tiempo.

EL INICIO DE UN VIAJE;   DE UN 727-200 A UN DC-3.

En marzo de 1996  decidí ir al Campamento Avensa que era un hotel turístico situado en medio de la selva, en el Parque Nacional de Canaima, al sureste de Venezuela.
Mientras esperaba tomar mi vuelo, me puse a conversar con los empleados de Avensa y allí me enteré de que se podía obtener tickets para volar sobre el salto Ángel a bordo de un Dc-3.
No os podéis imaginar la emoción que sentí al pensar que podría llegar a volar en una aeronave que desde pequeño la vi surcar sobre mi casa.

Después  de 1 hora de espera  en el aeropuerto de Maiquetía, nos montamos en un trirreactor Boeing 727-200 de Avensa que, tras haber volado con cierta frecuencia en el mismo, ya  me parecía un avión “viejo”.

Hora y media de vuelo después, aterrizamos en el aeropuerto del campamento Avensa (Parque Nacional Canaima). El mismo, tenía   una pista de tierra marrón, larga y estrecha con selva a la derecha y a la izquierda y el rio Caroní al final de la misma.

EL DÍA “D”

A la mañana del tercer día de estar allí, llegó el momento; apareció este Douglas DC-3 que tras sobrevolar el campamento, desplegó los trenes de aterrizaje y procedió a aterrizar.

Acostumbrado a los aviones de “rueda de nariz”, se me hizo extraño ver desplazarse sobre la arenosa pista de aterrizaje al avión “sentado sobre su cola”.

A simple vista, era ya de por sí llamativo por los colores y el diseño de librea que se aplicó. No era el tradicional blanco y aluminio con líneas de colores rectas a la altura de las ventanillas que solían llevar los dc-3 civiles. Este llevaba dos tipos de color azul en forma curveada sobre fondo blanco que, por su dibujo, me recordaba más a un cachalote o ballena.

Mientras esperaba subir, procedí (con permiso de la “tripulación de tierra “) a hacer una inspección exterior del mismo,  la cual consistió en un recorrido siguiendo el sentido de las agujas del reloj, comenzando por la nariz y terminando en la rueda de cola.

En general, el avión estaba en muy buen estado. Según me comentó el piloto, este avión se había construido en California en 1944 como C-47B.

Lo cual explica que sea un Dc-3 de “cola corta” como el del Museo. Los DC-3 tenían la cola terminada en punta, justo debajo del timón direccional, excepto los usados en la Segunda Guerra Mundial que lo llevaban así para remolcar 4 planeadores

Colocada la pesada escalerilla de abordaje, se nos hizo el chequeo de tickets para abordar al avión y comenzamos a subir. Una vez dentro, era como pasar al túnel del tiempo.

Me impresionó mucho lo estrecho del fuselaje, pero lo bien aprovechado del espacio, tanto de separación de asientos como de la distribución del mismo.

A la derecha, estaba  la sección del baño y la puerta de acceso al compartimiento de la rueda de cola del avión.

La configuración interna era del tipo “4” es decir, dos asientos de un lado, el pasillo y dos asientos del otro lado. Esto nos parece normal en un avión actual pero, este es un avión que incorporó esa distribución en 1935, hace 61 años (1996).

El techo era lo suficientemente alto como para poder entrar y caminar erguido por su interior. Toda una novedad para su época.

Se me hizo más raro aún,  el tener que “trepar “para dirigirme a mi asiento pues el avión, como ya dije antes, era de “rueda de cola” (con una inclinación aproximada de unos  20º) y,  al hacerlo,  podía divisar perfectamente la cabina de pilotaje  que  no tenía  puerta y se veían claramente los instrumentos y el pedestal de mando de potencia al fondo.

Mi asiento era el primero del lado derecho, en la sexta ventanilla, con lo cual no solo tenía una vista ilimitada hacia abajo sino también hacia el resto del fuselaje.

Mi asiento era  relativamente   cómodo,  con  espacio suficiente entre mis rodillas y el respaldo del que tenía al frente. Eran asientos modernos, pero ligeramente estrechos.Nota curiosa: El asiento poseía un manual de procedimientos de emergencia como en los modernos jets.

Manual de emergencias

EL DESPEGUE

Por fin el piloto comenzó encendiendo los motores, empezando por el número 2 (motor derecho) y seguido por el número 1 (izquierdo). Un humo blanco salió por debajo del ala empujado por el aire de la hélice, que en un principio se movía en forma casi perezosa mientras el motor parecía” toser “y vibrar. De pronto, como si de un pájaro se tratara, todo el avión cobraba vida.
Desde mi puesto podía ver cómo en aquella estrecha cabina, los pilotos se afanaban con los diversos sistemas de mando del avión (mandos de gases, flaps, botones de cabina, etc.) en una forma coordinada, casi rítmica, como si de una coreografía de baile se tratara.
Una vez alcanzado el nivel de funcionamiento, ya con los motores susurrando, el avión comenzó a desplazarse por la pista de tierra marrón para ubicarse en la cabecera para el despegue.

Tras esa maniobra de chequeo, el piloto accionó los mandos de potencia y ambos motores rugieron al unísono, generando el característico ronroneo  de los Dc-3  y mientras el avión ganaba velocidad, las puntas de las alas se elevaron levemente. El fuselaje  se puso paralelo con el horizonte y la nave alzó al vuelo casi de inmediato.

A medida que avanzábamos, los flaps subían y bajaban rítmicamente.
Se  me hacía curioso que nos estuviéramos desplazando con los asientos inclinados hacia atrás. Finalmente, ya en cabecera de pista, el avión se detuvo brevemente. El motor nº1 comenzó a rugir por un minuto, mientras todo el fuselaje se sacudía para luego quedarse susurrando. Lo mismo aconteció con el motor nº2, mientras todo el fuselaje vibraba  y la puntas de las alas se movían, cual pájaro aleteando, hasta que de pronto la potencia se redujo, volvió la calma y los motores se quedaron casi en silencio.
Tras esa maniobra de chequeo, el piloto accionó los mandos de potencia y ambos motores rugieron al unísono, generando el característico ronroneo  de los Dc-3  y mientras el avión ganaba velocidad, las puntas de las alas se elevaron levemente. El fuselaje  se puso paralelo con el horizonte y la nave alzó al vuelo casi de inmediato.

EL VUELO

Mientras ascendíamos, pude observar las marrones aguas del rio Caroní y la inmensa selva que parecía una alfombra verde interminable, y en laque se recortaba la silueta de nuestro avión. Una vez alcanzado la cota de crucero, se redujo la potencia de los motores bajando así el ensordecedorruido de los mismos, quedando el típico ronroneo de los motores del Dc-3.
Nuestro avión empezaba a sacudirse brevemente, subiendo y bajando debido a la cantidad de termas (vientos cálidos ascendentes) que hay en la zona. De entre la selva emergían montañas rocosas de color arcilla clara llamadas Tepuis.
Cuando nos acercábamos a los mismos, la soleada mañana se volvió grisácea por la súbita aparición de nubes entorno a los tepuis. Me llamó la atención, además, que para ser un avión no presurizado, no entraba nada de aire de afuera. Era hermético.
El piloto comenzó a realizar un viraje hacia la izquierda, que me hizo sentir como si estuviera en un coche realizando un derrape, pues  el avión tendía a deslizarse en sentido opuesto a donde se viraba. Tras enderezar el avión, se dio comienzo al entretenimiento a bordo.

ENTRETENIMIENTO A BORDO.

Para un aficionado a la aviación nada como visitar la cabina de vuelo de un avión. La tripulación organizó una “excursión” a la cabina en grupos
de 3. Fue interesante ver, que si bien los Dc-3 son casi iguales por fuera salvo algunos detalles, como por ejemplo los filtros del aceite y de las antenas, lo que sí es seguro es que en cuanto a la distribución interna y de los instrumentos de cabina, cada Dc-3 es un mundo diferente.
El Dc-3 T3 -36 del museo tiene un asiento de un tercer tripulante que opera unos pesados equipos de radio comunicación. Está situado justo detrás de la mampara del copiloto y a la derecha antes de llegar al puesto de los pilotos. El mismo, está separado de los pasajeros por una mampara con puerta de acceso.
En este que volé sólo había una mampara que separaba la cabina de los
pilotos de los pasajeros. No había radio operador, pero si unos equipos de radio más ligeros. El panel de instrumentos era mucho más simple que los del Dc-3 del museo, en especial, el que se encontraba encima de los pilotos.  

La visibilidad de la cabina de los pilotos era muy buena pese a lo estrecha de la misma. En cuanto a las ventanillas de los pasajeros, eran excelentes para mirar hacia afuera. Abajo la vista sobre lo que algunos llaman “el infierno verde” era magnifica y el pasar bordeando los tepuis era sencillamente algo mágico y más a bordo de este venerable avión.
En medio de una mañana que se iba nublando, llegamos al Salto Ángel y pudimos observarlo entre la creciente nubosidad. El piloto efectuó un viraje (creo de unos 20º) hacia la izquierda alejándonos del Salto Ángel para luego realizar un viraje de 360º y así volver a pasar sobre el mismo.
Una vez sobrevolado el Salto Ángel, volvimos a virar para poner rumbo en sentido contrario y regresar al punto de partida.

DE REGRESO A LA PISTA.

Tras nuestro vuelo sobre la ya mencionada caída de agua, llegó la hora de volver a tierra.  Aproximándonos a la pista de aterrizaje, el piloto redujo la potencia de los motores, con lo cual  el ronroneo profundo de ellos se redujo a un susurro de viento.
Casi de inmediato se accionaron  los flaps, que se  bajaron emitiendo un ligero silbido, mientras los trenes de aterrizaje descendían,  generando una ligera turbulencia que se sentía por debajo del avión.

Lo más interesante fue ver, desde mi puesto, como nos acercábamos hacia la pista. La misma se hacía cada vez más grande en el parabrisas de los pilotos hasta que, al último momento, los pilotos enderezaron el avión y lo pusieron  paralelo con la pista.

EL RETORNO DE UN VIAJE;    DE UN DC-3 A UN 727-200.

Después de  haber volado en el Dc-3, llegó el día en que tenía que volver a casa y dejar atrás esta tierra mágica de selva verde, ríos de colores varios, de fauna, y flora múltiples, donde el tiempo parece como si no existiese.

Ahí me  encontraba yo frente a la pista. No estaba ya el Dc-3 que volé. Miré a todos lados pero no lo vi por ninguna parte. La sensación que tenía era como si todo hubiera sido un sueño.
Ahora estaba esperando al avión que me llevaría a casa. El mismo era el Boeing que me había traído. Todo era como una novedad para mí .Llegué en este avión sintiéndome como “Indiana Jones” y después de volar en el DC-3, regresar al Boeing 727-200, lo veía con otros ojos sintiéndome como un  indio que nunca hubiera visto a este avión antes. Cuando aterrizó, me parecía como si fuera un transbordador espacial y al subir por su escalera posterior era, en ese momento para mí, lo máximo de lujo comparado con la simple y eficaz escalera del Dc-3.

Jorge Reixach G.



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